FECUNDACIÓN IN VITRO
Sé, de buena tinta, que las palabras "Fecundación In Vitro" o "FIV", pueden hacer temblar a más de uno, sobre todo aquellos que quieren ser padres y no pueden de forma natural. A unos quizás lo que les da miedo es el coste de estos tratamientos, a otros simplemente que parece algo difícil y que en caso de no resultar, el problema se complica exponencialmente.
Hasta hace unos años, apenas sabía en qué consistía esta técnica, tan solo que había gente que no podía tener hijos y lo hacían de esta manera, denominándolos bebes probeta. Ahora soy casi una experta, digo casi, porque mi caso, para suerte nuestra ha sido del todo inusual y con final feliz a la primera.
Cuando mi marido y yo nos dimos cuenta de que algo fallaba, decidí ir a la ginecóloga y que me hiciera un estudio completo de mi caso, ya que tengo problemas de tiroides desde los doce años y temía que ese fuera el problema.
Después de varios análisis, citologías, etc, resultó que estaba bien, que mi cuerpo, pese a tener que tomar la hormona tiroxina a diario, funcionaba perfectamente, por lo que le tocó el turno a mi marido. Empezaron las pruebas y todo salía correcto, calidad del esperma bueno, quizás un poco escaso de cantidad, pero no era motivo de preocupación. Después de más de un año dando vueltas con pruebas en la seguridad social, la doctora nos soltó la bomba, si queríamos tener hijos, debíamos hacerlo mediante FIV. En ese mismo momento, nos acompañó a otro despacho y en él nos apuntaron en la lista para hacerlo de forma gratuita a través de la seguridad social y nos comentaron que teníamos delante a 3.800 parejas, lo que suponía una media de unos 3-4 años, dependiendo de los fondos que se aplicaran a reproducción asistida desde el gobierno, cada año.
Me sentí, como si mi mundo se hiciera del tamaño de un guisante. Pensé, porque a nosotros, que he hecho mal, seguro que el problema es mío y nunca podré ser madre. Mi marido me animaba, él siempre ha sido más optimista en todo. Me decía que bueno, que buscaríamos la manera, que algo haríamos.
Lo más duro, al menos para mí, fue decirles a nuestros padres que teníamos un problema. Recuerdo que era invierno y estábamos tomando el café a la fresca en el jardín de la casa de mis suegros. Mis padres también habían venido a pasar el fin de semana, por lo que estábamos los seis. Me costó horrores soltarlo, ¿cómo le dices a tus padres, que igual nunca tendrán nietos, cuando todos ellos están locos con los niños?
Finalmente lo solté y la verdad es que me quité una mochila de 90 kilos de encima, de repente, veía luz al final del túnel, tenía esperanza. Nos dijeron que no teníamos que preocuparnos, que algo haríamos y que si hacía falta entre todos pagaríamos el tratamiento en una clínica privada.
Unos meses más tarde, después de mirar varias opciones, nos decantamos por la Clínica Dexeus, en Barcelona. Había otras con muy buenas referencia y precios similares, pero un conocido nos recomendó esta y decidimos ir a lo seguro.
Nos hicieron las pruebas necesarias y empezamos el tratamiento un 16 de enero. Durante un mes, fue una locura de pastillas, pinchazos en la barriga, controles periódicos, hasta que el día 17 de febrero, me hicieron la punción extrayendo los óvulos maduros que había. Tan solo hubo 1, mal empezábamos. Mi marido llevó su muestra y se puso en marcha el proceso.
Todo parecía ir bien, el embrión se desarrollaba correctamente y dos días más tarde, me lo implantaban. Las estadísticas estaban en nuestra contra, un solo ovulo, un solo embrión...
Los días siguientes, fueron una tortura, pasaba del pesimismo absoluto (¿si hasta ahora no ha podido ser porque iba a ser ahora a la primera?) a la esperanza (¡ira bien, tiene que ir!), hasta que finalmente me hice el análisis en la propia clínica el día 3 de Marzo y dio positivo.
Cuando me llamaron al móvil para decírmelo, no podía para de llorar, le envié mensaje a mi marido, a mis padres, a mis suegros, no era capaz de hacerlo en persona al teléfono, solo lloraba de alegría.
Quería esperar un poco a contárselo al resto de gente, amigos, familia, por aquello de que aún podía pasar algo, pero mi padre y mis suegros se me adelantaron, en menos de una hora, hasta mi prima que vive en Canadá, lo sabía. Fue gracioso como todo el mundo me llamaba para darme la enhorabuena y me preguntaban de cuanto estaba, normalmente no se suele decir estando de 3 semanas!
Desde ese momento, empecé a vivir como en una nube, esperando el día de la primera ecografía, no solo por ver a mi bebe, si no por saber que todo seguía su curso correcto. Aunque estaba embarazada y todo había salido a pedir de boca, no podía dejar de pensar en los años que llevaba peleando por ese embarazo y aún podía fallar.
Pero no falló, aquí sigue adelante, en la semana 31 y deseando que llegue el día de verle la carita.